martes, 23 de febrero de 2010

LA ACADEMIA LAMBUCIA.

A mediados de los 90 tuve la oportunidad de disfrutar los fines de semana la lectura de la columna de José Ignacio Cabrujas en El Nacional: El País Según Cabrujas. Un verdadero intelectual, para mí tal vez el mas preclaro de su generación, a quien siempre admiré, además de por su talento como dramaturgo, guionista, cronista y actor, por su coherencia en el discurso, su honestidad intelectual y sobre todo por el valor de revisar, durante toda su vida, sus valores y posturas ideológicas.

Un sábado de esos de los 90 publicó en la columna uno de los títulos que mas recuerdo, nombrado demoledoramente La Cultura Lambucia. Esta me resumió para ese momento la historia de cierta especie endémica venezolana del sector cultural que había sabido sobrevivir con astucia, mimetismo y adulancia durante los gobiernos de la época. Caracterizó a ésta especie como persona talentosas, unas mucho, otras no tanto, que se las arreglaron siempre para conseguir los favores de los gobiernos para el financiamiento de sus películas, obras de teatro, exposiciones, libros, becas para estudios en el exterior y por supuesto, el infaltable y muy venezolano “viajecito”, entre otros.

Como era de esperarse, el grupito de los mismos de siempre reaccionó con piloerección, salivación y dentera, al igual que años antes intelectuales y políticos autodenominados de izquierda reaccionaran ante el Escrito con Odio, de Argenis Rodríguez, al ver retratada de idéntica forma el mimetismo, la genuflexión y la adulancia hacia la dirigencia política de turno con el fin de no perderse de las bondades de cierto nivel de vida bien sabroso, digno de todo un intelectual.

En Venezuela hemos tenido, y tenemos, ejemplos que el mismo Jacques-Louis David envidiaría. Sí, ese mismo pintor parisino de próspera familia, protegido del Rey, quien fue al exterior pagado por el gobierno a perfeccionar su arte, y quien mas tarde apoyó la Revolución, fue amigo de Robespierre y los jacobinos, votó en la Asamblea Nacional a favor de la ejecución de su antiguo mecenas Luis XVI, pintó la ejecución de María Antonieta y dibujó a eminentes sentenciados camino al cadalso, trabajó en la propaganda política de la Revolución prestando su arte como instrumento, durante el reinado del terror organizó la celebración del Festival del Ser Supremo, gritó a toda voz en la Asamblea Nacional cuando su amigo Robespierre fue arrestado: “si bebes cicuta, yo la beberé contigo” para luego esconderse y salvaguardarse de ser guillotinado como su amigo; fue encarcelado al final de la Revolución y liberado en el Imperio de Napoleón I llegando a ser el pintor oficial del Imperio, período en el cual pintó su gigantesco y famoso óleo de 6x10 mts La Coronación de Napoleón en Notre Dame, y para el cual hasta el Papa posó personalmente.

De este perfecto modelo de cultura lambucia tenemos cientos en nuestra historia republicana, pero no escapan a éste hábito de lambucear infinidad de académicos, mujeres y hombres que han presumido toda su vida (con o sin razón) de la elevación de su intelecto por encima de la ordinaria medianía, poniendo al servicio del poder de turno su talento y conocimiento, y manteniendo como es de esperar los privilegios de siempre consiguiendo así sus bequitas para estudios en el exterior, su platica para los trabajos de investigación, para sus publicaciones, viajecitos y demás minucias. Tenemos en nuestras casas de estudio cantidades de profesores quienes en sus años mozos fijaron posición ideológica y ciudadana ante las perversiones de los gobiernos desde Pérez Giménez hasta Caldera II, siendo muchos de ellos perseguidos y presos políticos durante esos regímenes. Estas generaciones, otrora estudiantes, que aborrecían la bota militar en la historia de Venezuela y América latina y que simbolizaban a esa represión con el mítico gorila con gorra, charreteras y bota militar, hoy son docentes universitarios, algunos activos, otros ya jubilados, que rodilla en tierra dan lustre a la antes odiada, hoy mentora bota militar, unos cantando loas a favor del régimen y otros, en el mejor de los casos pero igualmente faltas de honestidad intelectual, totalmente mudos ante la podredumbre y quiebre de valores contra los que décadas atrás lucharon fervorosamente.

Estas especies, cultura lambucia y academia lambucia venezolanensis, se unen en la taxonomía universal al selecto grupo de lambucios, quienes premiados con el fabuloso don del talento, dedicaron años de sus vidas a la adulancia que en gran parte contribuyó al mantenimiento en el tiempo de regímenes totalitaristas, mesiánicos y personalistas cuyo resultado ha sido en la historia el saldo de millones de seres encarcelados, silenciados, desaparecidos, reeducados y asesinados.

Juana Inés Chiossone Ríos

C.I: V-7365810

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